La vida es una montaña rusa
de emociones agridulces.
Y la intensidad del sabor
puede variar según nuestras elecciones.
A veces, lo amargo se vuelve tan intenso
que ni siquiera nos deja tragar saliva.
Y en esos momentos
solo queda respirar,
beber agua
y esperar a que el mal sabor pase.
Tragar.
Seguir adelante.
Y mientras recuperamos el aire,
entender que los momentos amargos
también son una oportunidad para reflexionar.
Porque no todo puede ser dulce,
aunque sería maravilloso que lo fuera.
Pero el dolor, el sabor amargo
también es la prueba de que estamos vivos.
Y, en ocasiones,
lo único necesario para aprender una lección.
Porque, de lo contrario,
atravesaríamos la vida como figurantes. Sin responsabilidad.
Y no podemos olvidar
que somos protagonistas.
Porque incluso las historias más difíciles
siguen escribiéndose.
Y porque, cuando menos piensas,
sale el sol.
