Acepta la derrota.

Déjale ganar.

Contra una relación abusiva no se lucha, porque nunca vas a ganar. Es una batalla perdida.

Ilustración oscura de una figura solitaria alejándose de una silueta imponente y distorsionada

Se abandona.

Primero hará que dudes de lo que viste, de lo que escuchaste, de lo que sentiste. Te convencerá de que esa conversación nunca ocurrió, de que ese comentario jamás existió, de que todo está en tu cabeza.

La siguiente vez guardarás el mensaje.

Grabarás la conversación.

Reunirás pruebas.

Se las enseñarás convencido de que, esta vez, no podrá negarlo. Porque no estás loco.

Pero entonces el problema volverás a ser tú.

Te preguntará cómo has podido guardar ese mensaje. Por qué has necesitado grabar una conversación. Te dirá que una relación no puede basarse en acumular pruebas, en sacar reproches del pasado o en llevar la cuenta de los errores. Incluso acabará diciéndote que, hagas lo que hagas, siempre terminas enfadado y que, por eso, es mejor no decirte nada.

Y, sin darte cuenta, volverá a ocupar el lugar de la víctima mientras tú vuelves a pedir perdón por haber intentado demostrar la verdad.

No importa cuánto demuestres la realidad. La discusión nunca fue sobre la verdad.

No intentaba ganar la discusión.

Intentaba que dudaras de ti lo suficiente como para dejar de discutir.

Olvídalo.

No vas a ganar nunca.

Porque el combustible de una relación abusiva no es tener razón.

Es que tú sigas quedándote para discutirla.