Al día siguiente, hice algo que nunca había hecho: ir solo al cine. Entré en la primera película que empezaba, Obsession, y lo que vi no quedó tan lejos de mi propia historia. Yo también pedí, en su momento, ser amado.

Una figura solitaria en un cine oscuro, contemplando la pantalla iluminada

Su nombre quedó escrito en templos repartidos por medio mundo. En cada uno de ellos dejé la misma plegaria: que, por favor, nos mantuvieran unidos. Que llegara el día en que pudiera verme por quien realmente soy. Que, por fin, me eligiera.

No les pedí que lo cambiaran. No les pedí compasión. Ni siquiera les pedí realmente que me quisiera. Solo les pedí una oportunidad. Compañía, más que amor. Y, aunque hoy me avergüence reconocerlo, sigo sin creer que estuviera pidiendo demasiado.

Pero creo que no habrían bastado mil templos, mil cartas ni mil deseos. El verdadero error fue confiar en que algún día descubriría el valor que yo ya tenía. Yo lo conocía, pero esperé demasiado a que él también pudiera verlo.

Ni siquiera los dioses pueden luchar contra el viento ni cambiar la naturaleza de un corazón que no desea quedarse.

Tal vez nunca escucharon mis primeras plegarias. O quizá sí, pero entendieron antes que yo algo que me costó demasiado aceptar: que había otra historia escribiéndose al mismo tiempo. Que aquella historia nunca estaba destinada a ser la mía.

O quizá sí me escucharon. Pero lo hicieron después.

Cuando tuve que enfrentarme a la soledad más amarga, sentí algo que nunca había sentido antes: protección. Encontré fuerzas en un lugar que todavía hoy no sé nombrar, y esas fuerzas me llevaron hasta un sitio desde el que jamás volvería a suplicar que alguien me quisiera.

Porque comprendí que ningún milagro puede hacer por mí lo que solo yo podía hacer: elegirme primero.