Qué bonita la soledad del domingo.

Sin nada que hacer,
nadie a quien abrazar,
ningún juego en la Play que me distraiga.

Tan solo mi poesía
y un silencio
que ya no pesa.

Ilustración de una habitación acogedora con luz dorada de domingo entrando por la ventana, una taza humeante y un libro abierto sobre la mesa

Me encanta.
Porque es justo ahí,
cuando el mundo deja de hacer ruido,
donde salen a la superficie
las heridas que aún piden nombre,
las que todavía hay que cuidar
y las que, por fin,
aprendieron a cicatrizar.

Vaciarme de ruido.
Llenarme de mí.

Me encanta aburrirme,
porque por fin
he aprendido a escuchar el silencio
sin querer escapar de él.

Aunque mis libros
no dejen de hablar.
Incluso ese
que ya no está en la estantería.

Tal vez aún quede mucho camino,
pero ya no necesito correr.