La traición es dura.
Duele como un cuchillo clavado en la espalda.

Porque siempre viene de alguien a quien quieres.
De alguien en quien confiaste.
De alguien de quien jamás lo habrías esperado.
Si lo hubieras visto venir,
no sería una traición.
Es traición porque importa.
Es traición porque duele.
Y nunca llega sola.
Siempre me pregunto qué lleva a una persona a tomar ese camino.
A romper la fuerte y, al mismo tiempo, frágil línea de la confianza.
Quizás solo uno de los dos la sostenía.
Quizás nunca existió realmente.
Pero creo que la traición tiene un precio mucho más alto
de lo que parece.
Porque no solo rompe la confianza.
Rompe el vínculo.
Y con él, la posibilidad de haber tenido a tu lado
a alguien dispuesto a defenderte con uñas y dientes.
Un guerrero.
Alguien leal.
Por eso, cuando traicionas,
puede que ganes algo en el momento.
Pero también puede que pierdas a una de las pocas personas
que habría permanecido contigo incluso en las peores batallas.
Así que, si traicionas,
posiblemente seas tú quien termine perdiendo.
Porque la traición no sólo destruye a quien la recibe.
También a quien la comete.