Hola a todos, todas y todes.

Estrenamos nuevo diseño de blog y, con ello, etapa.

Hace unos meses que empecé a escribir un libro con la esperanza de llegar más lejos con mis experiencias y textos.

Aún le queda mucho y no sé si algún día llegaré a verlo terminado o, mucho menos, publicado. Ojalá que sí. Quien me lee desde hace años ya sabe que es uno de mis sueños.

El siguiente texto pertenece al tercer pilar del libro, llamado Renacer. Espero que les guste:

Ilustración de un corazón reconstruyéndose con grietas doradas y ramas con hojas brotando

Renacer

Renacer es parte del proceso, pero admito que me equivoqué al pensar que encontraría paz en el perdón.

A medias.

No voy a mentir: sí encuentro paz en el difícil proceso de perdonarme a mí. Pero creí que también necesitaría perdonar hacia fuera. Y no es así.

Perdonar no es más necesario que la necesidad de olvidar. Pero, siendo sinceros, ¿por qué iba a querer olvidar?

Olvidar sería darle de nuevo la oportunidad, a él o a quien sea, de volver a hacer lo mismo.

Porque ¿cómo se olvida que ya no salgo al mundo igual?

¿Cómo se perdona que algo haya alterado tu naturaleza, tu manera de habitar la vida? ¿O que cuestiones tu propia percepción de la realidad?

No hay perdón. Ni olvido.

Y ya sé que muchos dirán que ese es el precio de mi paz.

Pues, si es así, que me condenen.

Toda suya.

Porque no hay otro perdón que el que yo me debo. Por todo lo que le hice a mi sistema nervioso quedándome demasiado tiempo en un lugar que distorsionó mi ser.

Porque, perdone o no, mi realidad, aunque hoy sea más amable, más bonita, más libre,

sigue alerta.

Esperando una explosión que quizá nunca llegue.

Buscando el detonador por si acaso.

Y tal vez sanar sea precisamente eso: dejar de buscarlo. Con eso me conformo.

Pero eso no significa necesariamente olvidar.

Ni necesariamente perdonar.

Salvo a mí mismo.