Aquellas latas de cerveza esparcidas por el suelo ocupaban incluso más espacio que los propios recuerdos en su cabeza. Solo saber que quedaban más de ellas en la nevera era lo único que le daba sentido a respirar en ese momento. Aparte de esa, no había otra razón por la que valiese la pena despertar al día siguiente. Dormir hasta tarde parecía la única solución para así no tener que esperar el dichoso mensaje de buenos días, o de tardes.

Que iluso él creyendo a priori que le sería fácil soportar de nuevo ese cambio, como si alguna vez le hubiese sido, como si alguna vez hubiera podido decidir de quien debe depender su felicidad. Como si hubiese entendido alguna vez que dicha felicidad es cosa de uno, como si hubiese creído que no se volvería a enamorar jamás.

Luis Écija

El cambio.