Se entendían bien arropados, o desarropados, daba igual, el caso es que se entendían bien en una cama. Era la razón por la que el quería que el mundo se parase mientras estaban acostados, que la alarma no sonase jamás, que permaneciesen toda la vida abrazados, sudando, buscando la postura más comoda para poder seguir dándose la mano mientras dormían, u observar como dormía.
Pero la alarma sonó, salieron de la cama, y cada uno volvió a ser el que era. Uno con sus inseguridades y miedos, y otro con su carpe diem y sus pocas ganas de preocuparse por nada. El día había empezado: El infierno para uno, el porvenir para otro. No tenía más sentido seguir pensando en ello. Esa historia estaba ya acabada hasta que se volviesen a meter de nuevo en la cama.