Una elección cabe en un silencio.

Un silencio cabe en mi boca,

que no para de hablar.


Mi boca cabe en mi consciencia.

Mi consciencia, en las grietas de mis manos.

Las grietas caben en mi calma.


Mi calma cabe en los días

que no pregunto.

Los días caben en rutinas.

Las rutinas, en un cuerpo

que funciona

pero camina a gatas.


Camina lento, pues nadie puede guardar

toda el agua del mal

en un vaso de cristal.

Siempre hay gotas que caen,

aunque intentes sostenerlas

con la boca cerrada,

del mismo modo que el cielo las contiene

durante una tormenta sin lluvia.


La lluvia pendiente cabe en una cicatriz

causada por un relámpago cercano,

El relámpago cabe en su luz propia de abrazo y miedo.

Esa cicatriz, en una historia con prólogo de carretera.

La historia cabe en una visión

que repito

para no mirar atrás.


La historia deja de mirar atrás

para ver si, con lluvia en el rostro,

el vaso consigue rebozar.


Y todo eso

cabe en una vena.

Mi propia yugular,

donde late lo que digo

y se desborda

lo que callo.