Hace poco un buen amigo me preguntó si creo que el amor es suficiente.

Le contesté: ¿el amor como sentimiento o como acción?
“Dime tú”, me respondió.

—El amor como sentimiento, no. El amor como acción, sí.

Porque no es lo mismo. Y confundirlo es, muchas veces, lo que rompe todo.

Uno puede decir querer muchísimo a sus padres y dejarlos olvidados en una residencia.
Querer muchísimo a sus amigos, pero desaparecer cuando más necesitan a alguien.

Y ocurre igual en cualquier otra relación.

El amor como sentimiento es bonito, intenso e incluso necesario. Pero también es volátil. Cambia, fluctúa, se apaga y vuelve.

Sin embargo, el amor como acción es una elección.

Es voluntad de encontrar el matiz, el equilibrio, el punto medio entre lo que uno es y lo que el otro necesita.
Voluntad de aprender a amar a alguien como esa persona quiere ser amada.
Voluntad de estar presente incluso cuando no apetece, incluso cuando uno no se siente especialmente amoroso.

El amor se mide en lo cotidiano.

En dejar el móvil cuando alguien te está contando su día.
En coger su mano al caminar.
En notar que algo no va bien sin que tengan que explicártelo.
En preguntar, en escuchar, en recordar las pequeñas cosas que te cuentan. En dejar su chocolate favorito en el buzón.

En cuidar.

Es entender, como dijo alguien a quien admiro, que la verdad sin amabilidad es brutalidad. Pero la amabilidad sin verdad es manipulación.

Por eso, el amor como sentimiento, por sí solo, no es suficiente si no se acompaña. No es un estado permanente de entusiasmo, es un verbo.

Porque amar, al final, no es solo sentir.
es elegir.

Elegir decir la verdad con cuidado.
Elegir cuidar sin dejar de ser honestos.
Elegir al otro, una y otra vez, incluso cuando no es fácil.

Elegir amar no solo con lo que sentimos,
sino con todo lo que hacemos.