Menos mal que no volviste a llamar.

Porque ambos sabemos

que nunca se me dio bien decirte que no.


Y esta vez, necesitaba que el silencio hiciera lo que yo no supe.


No quería ser una segunda opción.

No quería rogar por un lugar

que tenía que nacer solo,

sin esfuerzo, sin dudas, sin migajas.


Así que… gracias por irte.


Porque al hacerlo

me liberaste del desgaste de intentar entender

a alguien que nunca estuvo seguro de nada.


Gracias.

Porque ahora empiezo a agradecer otras cosas.


Los paseos en soledad.

El polvo en la consola que no volví a tocar.

Las horas conmigo mismo.


Agradezco conocerme mejor.

Aunque a veces no me guste lo que encuentro.


Agradezco estar sanando de verdad.

Incluso cuando me enfada

que el dolor sea lo único que queda

como hilo que aún me ata a esta historia.


Pero hoy solo tengo un miedo.


El de volver a elegirme mal.

Volver a quedarme donde no me cuidan.


Así que sigo.


Sanando.

Como hasta ahora.


Despacio.


Sin olvidar lo que fui,

pero sin seguir pagando tu ausencia

con mi propia vida.