¿De verdad el afecto puede ordenarse,
clasificarse,
elegirse sin tocar?
¿En qué momento las personas
se vuelven de usar y tirar,
no por crueldad,
sino por prisa,
por creer
que hay que vivir rápido?
¿En qué momento empezamos
a llamar libertad
a no quedarnos en nadie,
a no profundizar,
a no sostener?
Y a veces,
sin siquiera darte cuenta,
aprendes
a no conectar del todo,
a mantener algo siempre a salvo,
ligero,
a medio camino.
Se aprende a irse
antes de que duela más.
Se aprende que el conflicto
no necesita diálogo,
que el silencio puede ser aliado,
que quedarse demasiado
puede costar caro.
El cuerpo memoriza la salida:
retirarse,
desaparecer,
volver al control
que se siente como calma.
Irse da alivio.
Un alivio breve,
limpio,
convincente.
Entonces surge la pregunta,
suave y persistente:
cuando todo es posible,
cuando nadie se elige del todo,
cuando el vínculo no pesa,
¿qué es lo que queda?
Quedan nombres en una lista,
todos posibles,
ninguno sostenido.
Quedan intentos.
Queda la sensación
de haber pasado
sin haber llegado.
Porque no hay límite,
más que el de la soledad
y el vacío.
Pero quizá también queda
el deseo —callado—,
la búsqueda de una validación
que desaparece a los minutos,
la ilusión
de algo que no sea lista
ni catálogo,
sino presencia.
Porque no siempre se huye
cuando ya no hay amor.
A veces se huye
cuando amar empieza
a exigir quedarse.
Algo que, cuando llega,
probablemente
ya ni se sabe reconocer:
ni el número que ocupa en la lista,
ni si pesa. El lugar donde viene a morir el amor