
No queda dolor.
Ni tristeza.
Tampoco nostalgia.
Ni desilusión.
Queda hartazgo.
Rabia, quizás.
Impotencia.
Pero, sobre todo:
asco.
Repugnancia.
Y quizá lo más difícil de aceptar no sea siquiera lo descubierto, sino haber estado a punto de volver a creer.
Casi.
Casi volver a caer.
Aunque hayan sido horas.
Aunque hayan sido días.
Aunque nunca se llegara a caer del todo.
Lo suficiente, sin embargo, para sentir que se había retrocedido.
Como si, después de meses de duelo, se hubiera vuelto a abrir una puerta que tanto había costado cerrar.
Y eso también decepciona.
No por haber sentido algo. Porque no sentí nada.
Sino por haber permitido que, aunque fuera durante un instante, volviera a entrar en un lugar del que tanto había costado salir.
Porque ahora, al mirar todo aquello desde fuera, solo queda repugnancia.
No solamente por lo descubierto.
También por haber compartido una parte de la vida con alguien así.
Y lo peor de todo es que, mientras se tocaban mil cuerpos, el mio ni siquiera se rozaba.
Durante mucho tiempo fue fácil pensar que aquello tenía que ver con uno mismo.
Que quizá faltaba algo.
Que quizá no era suficiente.
Ahora resulta mucho más claro.
Nunca se trató de eso.
Siempre se trató de él.
De su vacío.
De su necesidad constante de validación.
De esa búsqueda interminable de sentirse deseado, reconocido, aceptado.
Y qué triste.
De verdad.
Qué triste.
Que aquello que tanto parece buscar pueda terminar convirtiéndose en su propia némesis.
Nadie tiene por qué juzgar el derecho a hacer con su vida lo que quiera.
Cada uno es libre de elegir.
Pero toda elección tiene consecuencias.
Y quizá, después de tanto buscar fuera, llegue un momento en el que ya no quede nada dentro.
Mucho deseo.
Mucha atención.
Mucha validación.
Y, aun así, ninguna paz.
Porque quizá esa sea precisamente la contradicción más triste:
buscar desesperadamente aquello que, con cada elección, parece quedar un poco más lejos.
Y esta vez,
ya no estaré ahí para verlo.