Se puede sanar
y saber que la herida sigue siendo fina.
Que basta el roce de un recuerdo
para agrietarla.

Pero debo permitirme recordar.
Entender dónde estoy ahora.

Porque el ruido de las olas de la isla
vuelve a decirme
por qué ya no sigo aquí.

Y no.
No fue ninguna de las razones que conté.
Porque ninguna de ellas
me llevó realmente a otro lugar.

Fue ese recuerdo.
Fue esa lección.
Que, en su momento,
tenía otro nombre.

Y basta con pasear por la zona
donde antes venía a llorar,
donde mi agua salada
se mezclaba con la del mar,
para darme cuenta:

que no me fui.

Me eché.

Ilustración de un chico paseando solo por la orilla de una isla a la luz de la luna, con olas y acantilados oscuros