Empiezas con alguien. Te dice lo mucho que le encantas. Eres su droga.

Te abruma con halagos. Te dice que te quiere.

A veces se aleja, pero luego vuelve y te dice que es por miedo a enamorarse de ti.

Empiezas a ver cosas extrañas. Empiezas a sentirte inseguro.

Pero lo pasas por alto.

Llegan las primeras traiciones, las primeras mentiras.

Pero vienen acompañadas de unas falsas disculpas, una lágrima, un abrazo.

Y lo pasas.

Poco a poco, te vas enganchando a una dinámica tóxica. A una de cal y otra de arena.

Antes de que te des cuenta, tu sistema nervioso está totalmente hackeado por una persona que resulta más adictiva que la propia droga.

Porque no hay nada más adictivo que la imprevisibilidad.

Y cuando quieres salir, te das cuenta de que quizá ya es demasiado tarde.

Empiezas a mentir a tus amigos, a tu familia.

Como si se tratara de un affair, nadie sabe de él.

Porque nadie entiende cómo puedes estar con alguien que no te tiene como prioridad, que te maltrata y que incluso te falta al respeto.

Pero sus promesas de cambiar a veces pueden más que tu propio valor.

Y te lo vuelves a creer.

Porque existe una falsa creencia de que, si consigues que sea la persona que te gustaría que fuese, podrás sanar tus propias heridas y demostrar a quienes te rodean que se equivocaban.

Y te pregunto:

¿Cuándo es suficiente?

¿Cuándo hayas normalizado las faltas de respeto?

¿Cuándo la violencia pase al siguiente nivel?

¿Cuándo aceptes que esa versión encantadora, en realidad, no existe?

Porque créeme, no va a cambiar. No va a volver a ser aquella persona.

Y mucho menos por ti.

Porque, aunque él para ti signifique el mundo, tú para él solo eres alguien a quien exprimir.

Y cuando haya apurado hasta la última pulpa, buscará a la siguiente naranja. Y hará lo mismo.

Y si existiera una mínima posibilidad de un cambio tan estructural, no sería dentro de tu relación.

No sería contigo, ni con tu ayuda.

Por eso, sal de ahí.

Porque esperar a que te echen no significa que el dolor vaya a ser menor.

Una retirada a tiempo no es, ni mucho menos, una derrota.

Y cuando sanes, te darás cuenta de que las mejores guerreras saben claudicar antes de arriesgarse a acabar en cenizas.

Un hombre camina hacia la luz de la luna por una puerta abierta, dejando atrás en la mesa una naranja exprimida y vacía