Querido narcisista, aunque te conocía desde hace mucho tiempo y a lo largo de mi vida has tomado diferentes apariencias, tamaños y cuerpos, es curioso haber descubierto recientemente tu verdadero nombre. Durante mis diferentes encuentros contigo, te he disfrazado de diversas maneras: dolor, culpa, vergüenza. Antes, atribuía tu comportamiento e indiferencia a mi exhazerbado deseo por que todo saliera bien y complacerte. Hoy comprendo que eso no es cierto. Tras incontables noches tratando de entender qué había sucedido, buscando un motivo que explicara el malentendido, me di cuenta de que en realidad, eras tú quien me necesitaba más a mí que yo a ti. Ahora entiendo que para ti, las personas son trofeos que usas para llenar temporalmente el vacío donde guardas tu ego incansable y frágil. Querido narcisista, tus patrones son tan predecibles que a veces incluso llegaba a pensar que era mi cautela para no autoboicotear nuestra relación lo que te aburría. Pero gracias a eso hoy sé que siempre te aburrirás, ya que nada en este planeta es lo suficientemente bueno para calmar tu ansia por tener aquello tan perfecto que crees que existe y mereces. Querido narcisista, hoy entiendo que para ti hacer daño resulta más fácil que plantearte cambiar, porque cambiar implicaría admitir errores, dejar de manipular y comprometerse con alguien que no seas tú. Querido narcisista, seguramente pensarás que estas palabras provienen de una víctima rota de las tuyas, y lo entiendo, al fin y al cabo eres un vampiro emocional que se alimenta de la energía de los demás. Sin embargo, no es el dolor lo que hace a alguien alejarse y reflexionar sobre ti. Créeme querido narcisista, no me causas dolor hoy en día. Aunque te resulte difícil de entender debido a tu falta de empatía, no, no me dueles. Me inspiras lástima.