Bangkok es una ciudad llena de gente
que nunca se detiene.

Y, aun así,
es tan sencillo sentirse solo.

Ilustración de un chico solitario en una calle nocturna de Bangkok, rodeado de multitudes borrosas y luces de neón

Mercados callejeros.
Masajes en solitario.
Una multitud que no deja de gritar,
mientras yo permanezco en silencio,
intentando escuchar
lo que se esconde detrás de todo ese ruido.

Pero creo que ya lo sé.

Es la inseguridad.

Pensar:
¿Y si la red flag soy yo?
¿Y si nunca fui tan normal como imaginaba?

O quizá solo estoy tan acostumbrado al caos,
a la incertidumbre,
a la ausencia de paz,

que la calma me parece aburrida
y lo tóxico, emocionante.

Hasta el punto de confundir
lo que siento
con lo que creo que merezco sentir.

Pero ¿cómo sentir de otra manera
si nunca conocí otra cosa?

Si es en el caos
donde siento la calma.

Como aquí.

Donde la soledad, en medio del tumulto,
puede llegar a saberse dulce.

Pero yo quiero aburrirme,
aunque sea entre multitudes.

Entre paz.

Entre cualquier cosa,

menos ese caos.