Convertimos mentiras en verdades para autoconvencernos de que mantener el deseo a nuestro lado es sano. A pesar de que ese deseo es un agujero negro donde la única luz que reboza tiene la capacidad de absorber todo lo que encuentra a su paso.
Ilusionarnos con el agujero es nuestra respuesta, un mecanismo de protección para sanar heridas, aunque sea con otras nuevas. ¿Quién nos puede decir cuánto es suficiente, cuánto era verdad y mentira?
Descartes hablaba de que no había diferencia entre la realidad y un sueño porque en ambos sentimos dolor, ansiedad, felicidad. No hay nada que nos pueda hacer diferenciar una dimensión de otra.
¿Qué pasa si he soñado despierto?
¿Qué pasa si no he sabido diferenciar la realidad de la fantasía?
¿Tengo yo la culpa de no querer despertar?
Creemos que estamos hechos a prueba de golpes, nos creemos invencibles y sin embargo, caer en la misma piedra es tan sencillo como verbalizar en nuestro cerebro una y otra vez lo que queríamos escuchar.
Pensamos que sanamos, pero solo nos acostumbramos al dolor. Nos convencemos de que caer en el agujero es normal. Que aprender a disfrutar del sueño es lo ideal y coherente, que despertar es nuestra única opción posible.
No quiero despertar. Ni dejar de sentir dolor porque es la única prueba de que fue verdad. Pese a lo que Descartes tenga que decir sobre ello.
Dejar de sentir dolor significa que acepto que te vayas. Que la realidad que tengo que digerir no es la que yo quiero.
Sí quiero que te vayas,
pero también quiero decir adiós.